MENÚ DE POEMAS LÍRICOS COMENTADOS

LA LÍRICA

Es el género más antiguo, porque no hace falta que sea escritura. La canción, que acompaña a una música que acompaña a un baile, es lírica. Se caracteriza por su manera subjetiva de ver el mundo, forma especial de interpretar la realidad que se nos impone, y como suele ser vista desde la metáfora o el símbolo, nos informa de una manera cambiada -diferente- de ver las cosas.

Si lo que caracteriza a la lírica es tanto el verso como la subjetividad, «tierno y mimoso igual que un niño, que una niña...; pero fuerte y seco por dentro como de piedra» -dice Juan Ramón de Platero en un libro que es lírico, que está en prosa  y que no es narrativo: «Platero y yo». Al Movimiento Romántico se debe la moderna forma de lírica. Guillermo Díaz Plaja en su estudio sobre el Romanticismo destacó tres núcleos temáticos en la forma de apreciar el mundo: el YO, la NATURALEZA y los IDEALES; con una subdivisión de estos núcleos en la forma que aparecen a continuación, glosados por textos de románticos europeos. Una manera de ver que resulta recurrente en la lírica desde hace más de doscientos años.

Más adelante, en pequeño estudio sobre la poesía de Bécquer, algunas de esas características se encuentran de nuevo plasmadas.

Romanticismo europeo y claves del género lírico.

EL YO

  1. Proyección subjetiva

Hablando no se experimenta un placer que sea vivo y duradero, sino cuando nos es permitido discurrir sobre nuestros propios asuntos y de las cosas en que nos hallamos ocupados y que, en cierta medida, nos pertenecen. Cualquier otro discurso nos aburre al poco rato y lo que es placentero para nosotros resulta tediosamente mortal para quien lo escucha. El título de amable no se adquiere sino a costa de padecimientos; porque conversando sólo es amable el que estimula el amor propio de los demás y el que, en primer lugar, escucha y calla bastante, cosa por lo demás aburridísima; después deja que los demás hablen de sí y de sus cosas todo cuanto quieran; es más, los conduce a razonamientos de este tipo y él mismo habla de semejantes cosas, hasta el punto de que, una vez separados, unos se sienten contentísimos de sí mismos y él aburridísimo de ellos. Porque, en suma, si la mejor compañía es aquella de la que nos separamos más satisfechos de nosotros mismos, se debe deducir que ella, a su vez, es la que dejamos más cargada de aburrimiento. La conclusión es que en la conversación y en cualquier coloquio en el que el fin principal no sea otro que el de entretenerse charlando, el placer de los unos es el aburrimiento de los otros y nada se puede esperar que no sea aburrirse o enfadarse. Y gran suerte ha de ser la de participar por igual de una cosa y de la otra.

Giacomo Leopardi

  1. Conciencia de soledad
  • El desierto nos habla con misterioso acento;
    y una trágica duda, cual roedor gusano,
    socava la conciencia donde tienen su asiento
    la soledad del hombre y el desamparo humano;
    pero una fe más dulce, más serena, más alta,
    nos reconcilia y hace creer en la belleza;
    en las cosas hermosas; en el amor que exalta
    y despierta en el hombre su dormida pureza.
    ¡Tu música, oh montaña, descifra la armonía
    del corazón, que late ya más puro que antes;
    a las almas egregias brindas tu compañía,
    y sus conciencias tornas puras como diamantes!

  • Shelley

    1. Valor de la emoción y los sentimientos

    Así consumo los días, lamentándome de mis propios males y de los ajenos. Y sin embargo, lo siento; a menudo me río de mí mismo por este corazón mío que no puede estar ni un solo instante sosegado. Con tal de tenerme siempre agitado, le da igual que los vientos sean adversos o propicios. A falta de placer, recurre al dolor.

    Ugo Foscolo

    1. Angustia metafísica
  • Fausto. – Con cualquier traje, igual tendré la pena
    de vivir sofocado en este mundo.
    Para jugar ahora soy muy viejo,
    muy joven para no tener deseo.
    ¿Qué es lo que me podrá ofrecer el mundo?
    (...)
    Al despertarme siempre es con espanto:
    querría derramar amargas lágrimas
    al ver el día que, en su curso entero,
    no me realizará un solo deseo (...)
    Luego, al anochecer, es necesario
    tenderme con angustia en mi yacija:
    tampoco allí consigo algún reposo,
    y me asustan absurdas pesadillas.
    (...)
    Por eso me es un peso la existencia,
    y deseo la muerte, odio la vida.

    Mefistófeles. – Te daré lo que a nadie se le ha dado.

    Fausto. - ¿Tú qué podrías darme, pobre diablo?
    Entre los tuyos ¿hubo quien supiera
    qué es el alma de un hombre en altas ansias?
    ¿Qué tienes? Alimentos que no sacian;
    tienes un oro ardiente que sin tregua,
    como el mercurio, escapa de la mano;
    un juego en el que nadie gana nunca;
    una muchacha que, junto a mi pecho,
    guiña el ojo y se entiende ya con otro;
    la gloria, hermoso gozo de los dioses,
    que se disipa igual que un meteoro. (...)

    Si un día en paz me tiendo en lecho de ocio,
    me da igual lo que pueda ser de mí.
    Si un día con halagos me seduces
    de tal modo que a mí mismo me agrade;
    si me puedes mentir con el placer,
    ¡sea mi último día entonces! ¡Vaya
    la apuesta!
    Si a un instante le digo alguna vez:

    «¡Detente, eres tan bello!»,
    puedes atarme entonces con cadenas.

  • Johann W. Goethe

    1. Voluntad de gloria.

    LE POINT NOIR 

    Quiconque a regardé le soleil fixement

    Todo el que haya mirado al sol persistentemente

    Croit voir devant ses yeux voler obstinément

    cree ver ante sus ojos volando con obcecación

    Autour de lui, dans l’ air, une tache livide.

    una mancha cárdena que aletea a su alrededor.

    Ainsi, tout jeune encore et plus audacieux,

    De esta suerte, más joven y atrevido,

    Sur la gloire un instant j’ osai fixer les yeux:

    osé fijar mis ojos vertiginosamente sobre la gloria:

    Un point noir est resté dans mon regard avide.

    una nube negra se ha adherido a mi mirada ambiciosa.

    Depuis, mêlée à tout comme un signe de deuil,

    Desde aquellos días, asociada a todo como un quebranto,

    Partout, sur quelque endroit que s’ arrête mon oeil,

    por doquier, en cualquier recoveco donde se pare mi ojo,

    Je la vois se poser aussi, la tache noir! -

    ¡veo también posarse la mancha negra!

    Quoi, toujours? Entre moi sans cesse et le bonheur!

    ¿Siempre? ¡Sin deslealtad entre la dicha y mi verdad!

    Oh! c’ est que l’ aigle seul – malheur à nous, malheur!

    ¡Oh! Es que tan sólo el águila -¡muy a nuesro pesar!-

    Contemple impunément le Soleil et la Gloire.

    contempla indemnemente el Sol y la Gloria.

    Gérard de Nerval

    LA CIRCUNSTANCIA

    1. Visión de la Naturaleza

    Ella estaba sentada en un sofá frente a la ventana que da a las colinas contemplando las nubes que paseaban por la inmensidad del cielo. «¿Veis qué profundo azul?», me comentó. Yo estaba a su lado silencioso, con los ojos clavados en su mano, que sostenía un libro semiabierto. No me di cuenta de que la tempestad comenzaba a rugir por el norte y amenazaba a las plantas más jóvenes. «¡Pobres arbolillos!», exclamó Teresa. Me estremecí. Las tinieblas de la noche se adensaban y los rayos las hacían parecer aún más negras. Diluviaba, tronaba. Poco después vi que el criado había cerrado las ventanas y encendido las lámparas. Teresa, abstraída como estaba, no se había dado cuenta de que éste nos estaba arrebatando el espectáculo de la naturaleza airada, y le había dejado hacer.

    Ugo Foscolo

    1. Motivos exóticos

    Ha desaparecido el sol tras las cimas del Jabwi, y la sombra de esta montaña envuelve con su velo de crespón a la perla de las ciudades de Osira, a la gentil Kattak, que duerme a sus pies, entre los bosques de canela y sicomoros, semejante a una paloma que descansa sobre un nido de flores.

    Gustavo Adolfo Bécquer

    1. Nacionalismo

    ...La sociedad lee mucho, pero no reflexiona: copia. Si se habla continuamente, se evapora esa bilis generosa que hace sentir, pensar y escribir de forma sublime; por chapurrear muchas lenguas, también se chapurrea la propia; resultamos ridículos a los extranjeros y a nosotros mismos...

    Ugo Foscolo

    1. Edad Media

    de "Viajes Italianos"

    14 de septiembre de 1786

    Sentéme, pues, en el patio del castillo frente a la vieja torre, construida sobre la roca; había encontrado allí un sitio muy cómodo para dibujar; junto a una puerta cerrada, sobre tres o cuatro escalones y adosado al muro, un artístico poyo como los que suelen encontrarse también en nuestros antiguos edificios.

    No llevaba mucho allí sentado, cuando penetraron algunos individuos en el patio del castillo, y después de mirarme, pusiéronse a dar vueltas de acá para allá. Fue aumentando luego el gentío y parándose allí, hasta acabar finalmente por ordearme. Notaba yo, desde luego, que mi dibujo producía expectación, pero no me di por entendido y continué tranquilamente dibujando. Hasta que, por último, llegóse a mí un sujeto, por cierto nada bien encarado, y preguntóme qué estaba haciendo. Respondíle que estaba dibujando la torre, con objeto de conservar un recuerdo de Malcesina. Replicóme en seguida el hombre que eso no estaba permitido y que debía dejar el lápiz. Como me lo dijo en veneciano vulgar, de suerte que apenas si lo entendía, contestéle diciéndoselo así. Entonces fue el tío y con desparpajo verdaderamente italiano, cogió la hoja en que estaba dibujando y la rompió, aunque sin desprenderla del cartoncillo. Advertí entonces síntomas de descontento entre los circunstantes, y, sobre todo, una mujer, ya de edad, dijo que aquello no estaba bien, y que se debía llamar al podestá, que era el llamado a entender en esas cosas. Yo estaba sentado en mi poyete, recostado contra la puerta, y contemplaba al público, cada vez más denso. (...) Cuando, al fin, presentóse el podestá, acompañado de su escribano, saludéle con toda dessenvoltura, y al preguntarme que por qué estaba dibujando su fortaleza, respondíle con mucho comedimiento que no consideraba fortaleza aquel edificio. Llaméle la atención a él y al público sobre sobre el ruinoso estado de aquella torre y aquellos muros, así como sobre la ausencia de puertas y, en una palabra, sobre el estado de indefensión de todo aquello y aseguréle que a mí no me había llevado allí más que el deseo de ver y dibujar una ruina.

    A eso me replicaron que siendo aquello una ruina ¿qué podía tener de notable? A lo que retruqué, pues buscaba el ganar tiempo y voluntades, con mucha prolijidad, que ya deberían saber que eran muchos los viajeros que solo iban a Italia por amor a las ruinas; que Roma, la capital del mundo, asolada por los bárbaros, estaba llena de ruinas, que habían sido dibujadas centenares de veces, y que no todos los edificios de la antigüedad habíanse conservado tan bien como el anfiteatro de Verona, que esperaba poder también contemplar de allí a poco.

    (...) el escribano, que había estado pensándolo, salió diciendo que aquello podía pasar, pues se trataba de un edificio romano, famoso en todo el mundo; pero que aquella torre no tenía nada de notable, como no fuere el marcar la frontera entre el señorío de Venecia y el Imperio austríaco, por lo que no debía ser objeto de espionaje. Contestéle yo ampliamente, diciéndole que no sólo eran dignas de atención las antigüedades griegas y romanas, sino también las del medievo. No debían tomar a mal el que en aquella torre, que estaban acostumbrados a ver desde chicos, pudiera yo descubrir más belleza pictórica que ellos. Afortunadamente, el sol matinal proyectaba la más bella luz sobre torre, rocas y muros, y yo me puse a describirles con estusiasmo aquel cuadro.

    Johann W. Goethe

    1. Lo filohelénico

    Michele me ha traído el Plutarco que te pedí: gracias. El divino Plutarco me consolará de todos los delitos y de todas las desgracias de la humanidad, pues podré fijarme en los pocos hombres ilustres que, como seres superiores, han sobrevivido a tantos siglos y a tantas gentes. Además, temo que, despojándoles de su grandeza histórica y de la reverencia por la antigüedad, muy poca satisfacción me darán los antiguos, los modernos y yo mismo. ¡Ah, la humanidad!

    Ugo Foscolo

    LOS IDEALES

    1. El Amor

    A un ruiseñor

  • Canta en la noche, canta en la mañana,
    ruiseñor, en el bosque tus amores;
    canta, que llorará cuando tú llores
    el alba perlas en la flor temprana.
    Teñido el cielo de amaranto y grana,
    la brisa de la tarde entre las flores
    suspirará también a los rigores
    de tu amor triste y tu esperanza vana.
    Y en la noche serena, al rayo puro
    de la callada luna, tus cantares
    los ecos sonarán del bosque umbrío;
    y vertiendo dulcísimo desmayo
    cual bálsamo süave en mis pesares,
    endulzará tu acento el llanto mío.

  • Espronceda

    1. La libertad política

    Los gobiernos se jactan de la seguridad de los bienes patrimoniales, pero invaden el secreto de la intimidad, la más valiosa de todas las propiedades.(...) En todos los países he visto tres clases de hombres: unos pocos que mandan; la mayoría que sirve y muchos que engañan. Nosotros ni podemos mandar ni somos tan astutos; pero tampoco somos ciegos y no queremos obedecer o engañar. Lo mejor es vivir como los perros sin amo, que aunque no reciben pan, tampoco palos. (...) Si los hombres recordaran que tienen que morir, no servirían con tanta cobardía.

    Ugo Foscolo

    1. El humanismo filantrópico

    Legisladores y jueces castigad, pero id alguna vez por los suburbios de las ciudades y veréis que todos los días un cuarto de la población se despierta sobre la paja sin saber cómo aplacar sus necesidades más primarias. Sé que no se puede transformar la sociedad y que la inedia, las culpas y los suplicios son también elementos del orden y de la prosperidad universal. Pero se piensa que el mundo no puede regirse sin jueces y sin patíbulos, y yo lo creo porque todos lo creen. Pero ¿yo? Yo no seré juez jamás. En este inmenso valle donde la humanidad nace, crece, se reproduce y muere, se afana y vuelve a morir sin saber cómo ni por qué, la única distinción que veo es entre felices y desgraciados. Y si encuentro un infeliz, compadezco nuestra suerte y derramo todo el bálsamo que puedo sobre sus heridas, pero dejo sus méritos y sus culpas en la balanza de Dios. (...) ¡Oh Compasión, tú eres la única virtud; todas las demás son unas usureras!

    Ugo Foscolo

    1. El Arte

    ¿Creéis que yo le hubiera dado el vino a no saber que se tragaba al menos el que le cayese en la boca?... ¡Oh no!... Yo no creo, como vosotros, que esas estatuas son un pedazo de mármol tan inerte hoy como el día en que lo arrancaron de la cantera. Indudablemente, el artista, que es casi un dios, le da a su obra un soplo de vida que no logra hacer que ande y se mueva, pero le infunde una vida incomprensible y extraña, vida que yo no me explico bien, pero que la siento, sobre todo cuando bebo un poco.

    Gustavo Adolfo Bécquer

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    LECTURA DE “RIMAS” DE BÉCQUER

    El Arte: el ideal superior y la difícil existencia.

    Ya se sabe que Platón y Aristóteles han configurado, con sus sistemas filosóficos contrapuestos, diferentes formas y maneras de entender el mundo, que se han alternado en la Historia del hombre. Hay épocas que se configuran aristotélicas, y así el Gótico es escolástico –nombre que recibe la filosofía de Sto. Tomás de Aquino en su adaptación del estagirita- mientras que el Renacimiento aparece como platónico.

    Si Aristóteles concibió el arte como mimesis, imitación de lo que en la naturaleza ya existía, Platón la había valorado como poiesis -de dónde toma nombre la poesía- insinuando con ello que el artista crea con su obra lo que no existía.

    El Romanticismo interpretó la labor artística como creación, el poeta elabora una réplica a la creación natural y pone algo donde no había nada. Con ello, la labor artística se enaltece, adquiere mérito y es distintivo de seres superiores que nos pueden levantar a lo sublime, palabra con la que Platón denominó el grado máximo de fruición artística rayano con lo divino. El propio Bécquer nos dice en la leyenda titulada “El Beso” cómo entiende Arte y artistas:

    yo no creo, como vosotros, que estas estatuas son un pedazo de mármol tan inerte hoy como el día en que lo arrancaron de la cantera. Indudablemente, el artista, que es casi un dios, da a su obra un soplo de vida que no logra hacer que ande y se mueva, pero que le infunde una vida incomprensible y extraña, vida que yo no me explico bien, pero que la siento,

    En sus Rimas también aparece este criterio artístico opuesto al que tiene el mundo, prosaico, material y crematístico.


     

    I

    Yo sé un himno gigante y extraño

    que anuncia en la noche del alma una aurora,

    y estas páginas son de este himno

    cadencias que el aire dilata en la sombras.

    Yo quisiera escribirlo, del hombre

    domando el rebelde, mezquino idioma,

    con palabras que fuesen a un tiempo

    suspiros y risas, colores y notas.

    Pero en vano es luchar; que no hay cifra

    capaz de encerrarlo, y apenas, ¡oh hermosa!

    pudiera al oído, contártelo a solas.

     

    XXVI

    Voy contra mi interés al confesarlo;  

    pero yo, amada mía,   

    pienso, cual tú, que una oda sólo es buena

    de un billete del Banco al dorso escrita.

    No faltará algún necio que al oírlo

    se haga cruces y diga:

    «Mujer al fin del siglo diecinueve,

    material y prosaica...» ¡Bobería!

    ¡Voces que hacen correr cuatro poetas

    que en invierno se embozan con la lira!

    ¡Ladridos de los perros a la luna!

    Tú sabes y yo sé que en esta vida,

    con genio, es muy contado quien la escribe,

    y con oro, cualquiera hace poesía.

     


     

    La esencia del arte es un conocimiento esotérico “sé”, que promueve un canto gozoso de alabanza “himno”, y que puede esclarecer el sentido de la vida humana. El poeta es un vate, un oráculo, y por ello –nos dice su biógrafo- «ha renunciado a todo por venir a Madrid a los diez y siete años y medio, con el objeto de conquistar gloria y fortuna»: Un ser privilegiado no puede dejar de ser faro y guía de la sociedad. Desde el punto de vista formal la poesía es música, en un mundo romántico de Beethoven, Schubert, Schumann, Liszt... , la música es cadencia de múltiples posibilidades y Bécquer maldice el idioma como expresión indigna e impropia. Pero desde este primer poema que anuncia sus Rimas, también es claro cuál es el sujeto destinatario de la poesía, pues confiesa a “la hermosa” que pudiera contarle sus secretos de augur al oído. La mujer es depositaria de los vaticinios becquerianos, su índole femenina que encierra mil arcanos debiera entender el alcance de lo críptico y la belleza de lo musical. Sin embargo, el contrapunto de esa idea artística –devenida en ideal de vida- no es entendida por la destinataria, trayendo consigo la decepción y amargura que surge del contraste. Porque la existencia también es animal y comporta comer, vestir, tener abrigo... tareas que suponen necesidad económica que nuestro poeta no tiene cubierta. Así el poema XXVI abjura del anterior y se admite que el valor del billete puede dar valor a la poesía.

    En el marco de su vida, narrada por RAMÓN RODRÍGUEZ CORREA, encontramos los motivos para esa inversión axiológica:

    A poco de encontrar empleo, pasa a la situación de cesante por perder el tiempo dibujando en el trabajo. «Compadecido un amigo de sus escaseces, buscole un empleo modesto, y juntos entramos a servir al Estado en la Dirección de Bienes Nacionales, con tres mil reales de sueldo y con la categoría de escribientes» escribe a propósito de 1857, año también en que se vio acometido de una horrible enfermedad, que sus biógrafos actuales y no sus hagiógrafos coetáneos, dan en pensar fue la sífilis.

    Son cuatro poetas embozados con la lira quienes dan valor al arte poético. Para él Toledo era sitio adorado de su inspiración; y la primera vez que con su hermano fue a visitarle, ocurrioles un suceso por demás extraño. Una magnífica noche de luna decidieron ambos artistas contemplar su querida ciudad, bañada por la fantástica luz del tibio astro. Hallábanse departiendo los hermanos, cuando acercose una pareja de Guardias civiles, que por aquellos días, sin duda, andaban a caza de malhechores vecinos. Algo oyeron de ábsides, de pechinas, de ojivas y otros términos a la cual más sospechosos y enrevesados, unido a disertaciones sobre el género plateresco de Berruguete y Juan Gúas, sobre el artificio de Juanelo, etc., y examinando el desaliño de los que tal hablaban, sus barbas luengas, sus exaltados modales, lo entrado de la hora, la soledad de aquellos lugares, y obedeciendo, sobre todo, a esa axiomática seguridad que tiene la policía de España para engañarse, dieron airados sobre aquellos pajarracos nocturnos, y a pesar de protestas y de no escuchadas explicaciones, fueron éstos a continuar sus escarceos artísticos a la dudosa y horripilante luz de un calabozo de la cárcel de Toledo. Evidentemente en la España que Bécquer vive ni dinero, ni prestigio ni mujer entienden de poetas cuando a estos les fustigan con cesantías, cárceles y enfermedades venéreas. 


    VII

    Del salón en el ángulo oscuro,

    de su dueño tal vez olvidada,

    silenciosa y cubierta de polvo

    veíase el arpa.

    ¡Cuánta nota dormía en sus cuerdas

    como el pájaro duerme en la rama

    esperando la mano de nieve

    que sabe arrancarlas!

    ¡Ay! -pensé-, ¡Cuántas veces el genio

    así duerme en el fondo del alma,

    y una voz, como Lázaro, espera

    que le diga: “Levántate y anda”!


     

    Con todo, el genio de Bécquer, que hoy no dudamos en reconocer, nos ofrece una visión del arte que de la no podemos abjurar.

    El arte no es un fenómeno físico, el arte no es por ejemplo una relación de colores, no es el peso y volumen de una estatua, no es una mención de palabras... Tampoco es el instrumento musical.

    El arte no es un fenómeno utilitario, su naturaleza nada tiene que ver con el placer o el dolor, lo representado en el arte nos puede ser muy querido y horrendo, y odioso y bello.

    El arte no es un hecho moral, la imagen artística no es ni laudable ni censurable moralmente.

    El arte no es conocimiento conceptual, este último es siempre realista, el conocimiento intelectivo valora lo verdadero y falso. El arte no tiene posibilidad de ser juzgado como cierto o erróneo.

    El arte es una visión o intuición. Es una forma alógica de conocimiento, la más sencilla y elemental, que no distingue realidad / irrealidad. Forma de conocimiento comparable al sueño. Contenido y forma deben distinguirse perfectamente en el arte, pero no pueden calificarse separadamente porque lo artístico es la relación entre ambas. El arte es síntesis a priori estética de sentimiento e imagen en la intuición: el sentimiento sin la imagen es ciego y la imagen sin sentimiento está vacía. Es indiferente presentar el arte como contenido o como forma, puesto que el sentimiento es sentimiento figurado y la forma es forma sentida.

    La posibilidad de hablar de bellezas naturales pueden hacer suponer que lo artístico sea la forma, la técnica -el color, la línea, el sonido...- sustancias físicas en una palabra. Sin embargo lo que convierte en bellas a las bellezas naturales es nuestra posibilidad de aprehenderlas con el mismo ánimo con que sabe aprehenderlas el artista, estableciendo el punto de vista desde el cual hay que contemplarlas. La superioridad del arte sobre el mundo natural se basa en que este último es mudo si el hombre no le hace hablar.

    Las ideas expresadas, procedentes del Breviario de Estética de Benedetto Croce que procede filosóficamente del idealismo alemán, fueron escritas en 1912 y hacen justicia a lo expresado por Bécquer en sus obras.

    El amor: realidad y anhelo.

    No es desconocido de nadie que el objeto de los poemas, al menos de los más famosos de Bécquer, es el amor. Y el amor en su faceta más conocida: la erótica. Hay simplemente que recordar que en la formulación «Poesía eres tú» de la rima XXI se identifica poesía, es decir, el material poético, la fuente de inspiración, con el tú femenino apropiado al amor.

    En los ideales románticos el amor aparece al lado del arte porque, si su filosofía es la platónica, el platonismo y todas sus interpretaciones históricas dan al amor el papel de escalones (hypothésis) entre el mundo de las cosas y mundo de las ideas. El amor platónico no es otra cosa que una ascensión hacia la Belleza

    El amor, Eros, no se refiere siempre a lo sensual, es apasionado y sentimental. El amor es un gran daimon, un intermediario entre dioses y mortales que incluye la idea de anhelar unirse con el ser amado y el deseo de poseerlo. En Bécquer su descripción consigue la armonía con el universo, como se muestra en el poema X, donde los cuatro elementos, junto a los sentidos externos e internos, muestran su júbilo al sentir la presencia del amor.

    El amor “platónico” del autor, musa de su inspiración amorosa a quien dedica parte de sus rimas, fue Julia Espí, hija de un músico y cantante ella misma de ópera. Es la mujer que ilumina su inspiración del mundo superior.

     

    - X -

    Los invisibles átomos del aire

    en derredor palpitan y se inflaman;

    el cielo se deshace en rayos de oro;

    la tierra se estremece alborozada;

    oigo flotando en olas de armonía

    rumor de besos y batir de alas;

    mis párpados se cierran... ¿Qué sucede?

    ¡Es el amor, que pasa!

     

    - LXXXIII-

    Una mujer me ha envenenado el alma,

    otra mujer me ha envenenado el cuerpo; ninguna de las dos vino a buscarme,

    yo de ninguna de las dos me quejo.

    Como el mundo es redondo, el mundo rueda.

    Si mañana, rodando, este veneno

    envenena a su vez ¿por qué acusarme? ¿Puedo dar más de lo que a mí me dieron?

     

    Pero es evidente que, como en el arte, ni el afán erótico dura eternamente ni su presencia es inconmovible. Y aparece entonces su contrapunto en desavenencias, infidelidades y sarcasmos, como en la vida misma, al menos en la vida del poeta. Asiduo de los burdeles madrileños contrae la sífilis, y se casa en 1861 con Casta Esteban a quien había conocido en la consulta de su padre, a la que Bécquer acudía para tratarse. Ella le será infiel y se separarán quedando a su cargo sus dos hijos. En sus poemas el amor oscila del ideal al desengaño, del tangible al abstracto, del entusiasta al desdeñoso. En las mujeres becquerianas añadiremos alguna idea a los ejemplos propuestos.

    El poema 55 marca los errores amorosos del poeta. Puede ser Casta a quien se refiera con la mujer que le envenena el alma, en cualquier caso una experiencia amorosa decepcionante. “Me ha envenenado el cuerpo” hace más bien mención de su dolencia venérea. Es frecuente en Bécquer el desdén ante el infortunio, la superación del despecho a fuerza de orgullo y, por ello, la falta de queja. Pero no puede sustraerse a la mordacidad, y con sarcasmo sugiere que él puede a su vez causar mal en el futuro. No hay que esperar vuelta a la fe en ideales amorosos porque están destruidos por la realidad que le ha maltratado.

    Mujeres bequerianas.

    El libro de las Rimas abunda en retratos femeninos. Mujeres caracterizadas por ser entelequias culturales antes que seres de carne y hueso. Y en el paradigma machista de la mujer la primera característica es la belleza.

    Hay una vía a seguir para llegar a la contemplación de lo bello en sí. Pero se requiere una iniciación, un ascenso a través de etapas dialécticas: es una educación estética donde primero nace el amor a la belleza corporal, se ama un cuerpo, pero, más allá, se ve que lo bello no está circunscrito a un solo cuerpo, sino que la belleza de un cuerpo es hermana gemela de la del otro, y no solo los seres humanos, mujeres y hombres son bellos, pues hay belleza en todo, en la naturaleza: animales, montañas y nubes.

    En los poemas de Bécquer es habitual que se nos brinde esta primera etapa de ascensión hacia el absoluto. Gracias a la belleza femenina, se encuentra belleza en la naturaleza en general. Pero, si el segundo grado de ascensión sería el de amor a un alma bella, la búsqueda del ideal se rompe también en la mujer, pues en ella, y a su lado, siempre están la crueldad o la estupidez. Los dos primeros modelos sirven de ejemplo. El XXXIX esboza todos los tópicos relativos a la mujer, que no sabe lo que quiere, que es inmisericorde y que traiciona porque no responde al amor. Pero, naturalmente, hace que los hombres la idolatren a causa de su belleza. La rima XLVII insiste en la idea de que en el corazón humano  -donde Platón situó el alma cordial, que ama y posee afectos- se alojan las pasiones más tenebrosas e incomprensibles. El poema XXXIV en que la mujer, vista como microcosmos perfecto que contiene en sí cuanto el mundo contiene, confiere nueva vida al mundo que la circunda y el mundo natural se busca en ella para confirmar su perfección. Pero por paradoja irónica además es estúpida. Su alma no puede ser admirada..


     

    XXXIX

    ¿A qué me lo dices? Lo sé: es mudable,

    es altanera y vana y caprichosa,

    antes que el sentimiento de su alma

    brotará el agua de la estéril roca.

    Sé que en su corazón, nido de sierpes,

    no hay una fibra que al amor responda:

    que es una estatua inanimada...; pero...

    ¡es tan hermosa!

     

    XLVII

    Yo me he asomado a las profundas simas

    de la tierra y del cielo

    y les he visto el fin con los ojos

    o con el pensamiento.

    Mas, ¡ay! de un corazón llegué al abismo,

    y me incliné por verlo,

    y mi alma y mis ojos se turbaron:

    ¡tan hondo era y tan negro!

     

    XXXIV

    Cruza callada, y son sus movimientos

    silenciosa armonía;

    suenan sus pasos, y al sonar, recuerdan

    del himno alado la cadencia rítmica.

    Los ojos entreabre, aquellos ojos

    tan claros como el día;

    y la tierra y el cielo, cuanto abarcan,

    arde con nueva luz en sus pupilas.

    Ríe, y su carcajada, tiene notas

    del agua fugitiva;

    llora, y es cada lágrima un poema

    de ternura infinita.

    Ella tiene la luz, tiene el perfume,

    el color y la línea,

    la forma, engendradora de deseos;

    la expresión, fuente eterna de poesía.

    ¿Que es estúpida?... ¡Bah! Mientras callando

    guarde oscuro el enigma,

    siempre valdrá, a mi ver, lo que ella calla

    más que lo que cualquiera otra me diga.

     

    Son diferentes las barreras con que se encuentra el amor en las mujeres concretas de las Rimas, en unos casos será crueldad, en otros el olvido, puede ser la incompatibilidad de caracteres, pero en cualquier caso las relaciones amorosas nunca duran más que un breve tiempo.

    Dices que tienes corazón, y sólo

    lo dices porque sientes sus latidos.

    Eso no es corazón...; es una máquina,

    que, al compás que se mueve, hace ruido.

    ¡No me admiró tu olvido!  Aunque de un día,

    me admiró tu cariño mucho más;

    porque lo que hay en mí que vale algo,

    eso... ni lo pudiste sospechar.

    Hermosa tú, yo altivo; acostumbrados

    uno a arrollar, el otro a no ceder;

    la senda estrecha, inevitable el choque...

    ¡No pudo ser!

    Pero mudo y absorto y de rodillas

    como se adora a Dios ante su altar,

    como yo te he querido...; desengáñate,

    ¡así... no te querrán!

     

    La Naturaleza en los poemas de Bécquer.

    El romántico considera el paisaje como un elemento muy importante en su obra. Es frecuente, pues, su gusto por la naturaleza viva que tiene mucho del panteísmo de Rousseau o de Goethe, pues la Naturaleza es activa y creadora. La naturaleza participa de los propios sentimientos del poeta y se convierte en una compañera con la que se comunica. La necesidad dirige todo lo que sucede en la Naturaleza, pero no explica su finalidad y, respecto del hombre, conecta con sus sentimientos a través de paisajes agrestes, noches tormentosas, mar tempestuoso, ambientes nocturnos...  pero no soluciona su angustia. El yo romántico rechaza formar parte de la naturaleza como una pieza más de su engranaje, y, por el contrario, hace constar su individualidad, su capacidad creadora y transformadora que extrae de sí mismo, de su interior, y plantea una relación con la naturaleza como una comunicación del Uno al Todo.

     

    LII -

    Olas gigantes que os rompéis bramando

    en las playas desiertas y remotas,

    envuelto entre la sábana de espumas,

    ¡llevadme con vosotras!

    Ráfagas de huracán, que arrebatáis

     de alto bosque las marchitas hojas,

     arrastrando en el cielo torbellino,

    ¡llevadme con vosotras!

    Nubes de tempestad que rompe el rayo

    y en fuego ornáis las desprendidas orlas,

    arrebatado entre la niebla obscura,

    ¡llevadme con vosotras!

    Llevadme, por piedad, adonde el vértigo

    con la razón me arranque la memoria...

    ¡Por piedad!... ¡Tengo miedo de quedarme

    con mi dolor a solas!

     

    - LXVII -

    ¡Qué hermoso es ver el día

    coronado de fuego levantarse

    y a su beso de lumbre

    brillar las olas y encenderse el aire!

    ¡Qué hermoso es, tras la lluvia

    del triste otoño en la azulada tarde,

    de las húmedas flores

    el perfume aspirar hasta saciarse!

    ¡Qué hermoso es cuando en copos

    la blanca nieve silenciosa cae,

    de las inquietas llamas

    ver las rojizas lenguas agitarse!

    ¡Qué hermoso es cuando hay sueño

    dormir bien... y roncar como un sochantre...

    Y comer... y engordar... y qué desgracia

    que esto sólo no baste!

     

     

    El poema LII busca en una Naturaleza desmesurada el aliado que puede, al provocarle la sensación de vértigo y peligro inminente, llevarle a evadirse del dolor. Serán los elementos de agua, aire y fuego, quienes puedan ayudar a rehuir su calidad de tierra, de polvo y barro, que le dañan. Más alegre, el poema LXII presenta diferentes momentos del día. Un amanecer caracterizado por la vista y el afán de un nuevo día; un crepúsculo, señoreado por el olfato, que despierta dulces melancolías puesto que el nuevo día defraudó nuestras esperanzas; una noche al abrigo del calor y con la conciencia del frío que nos conforta en tanto que animales pensantes. Pero las servidumbres de la vida animal no bastan a las necesidades del espíritu humano y la “desgracia”, que otras ediciones críticas, cambian por la palabra “fortuna” es que el confort y la complacencia animal no son suficientes para llenar el espíritu inmortal del ser humano. La naturaleza es compañera, pero no es condición del hombre.

    El YO. Una poesía esencialmente lírica.

    Los románticos convirtieron al sujeto individual en el punto de vista desde el que había de considerarse el mundo, por lo que tuvo este movimiento un carácter profundamente introspectivo. De modo que el verdadero tema de la literatura o el arte romántico no suele ser el tema externo, sino la vida psicológica íntima.

    El alma del hombre es su enemigo interior, identificable con una obsesión incurable por lo imposible, que priva del goce de la vida al individuo y hace que ésta le sea adversa. El alma romántica no es dada desde fuera al individuo, sino que éste la crea cuando tiene conciencia de sus sentimientos.

    Es característico en el Romanticismo que el amor se presente como expresión de una subjetividad sincera. Expresión de una desaforada libertad pasional, de un torrente incontenible de subjetividad libre.

    Con la libre manifestación de sus sentimientos íntimos, especialmente la melancolía, tristeza, desesperación, soledad y amor perdido intentan conmover al lector.

    - VIII -

    Cuando miro el azul horizonte

    perderse a lo lejos,

    al través de una gasa de polvo

    dorado e inquieto,

    me parece posible arrancarme

    del mísero suelo

    y flotar con la niebla dorada

    en átomos leves

    cual ella deshecho.

    Cuando miro de noche en el fondo

    oscuro del cielo

    las estrellas temblar, como ardientes

    pupilas de fuego,

    me parece posible a do brillan

    subir en un vuelo

    y anegarme en su luz, y con ellas

    en lumbre encendido

    fundirme en un beso.

    En el mar de la duda en que bogo

    ni aun sé lo que creo;

    ¡sin embargo, estas ansias me dicen

    que yo llevo algo

    divino aquí dentro!...

    - XLI -

    Tú eras el huracán y yo la alta

     torre que desafía su poder:

     ¡tenías que estrellarte o abatirme!

    ¡No pudo ser!

    Tú eras el Océano y yo la enhiesta

     roca que firme aguarda su vaivén

     ¡tenías que romperte o que arrancarme!

    ¡No pudo ser!

    hermosa tú, yo altivo; acostumbrados

    uno a arrollar, el otro a no ceder;

    la senda estrecha, inevitable el choque.

    ¡No pudo ser!

     

    La demostración de que la poesía de Bécquer es lírica, implica que tenga como sujeto a un yo que goza y padece, que anhela y se malogra. Y para ello cualquier rima podría servir de ejemplo. Es importante destacar que fue más allá que nadie anteriormente al desnudar su alma de cualquier vergüenza, de cualquier pudor público. Pero si, como en la RIMA VIII, se afirma que tiene algo divino, nada puede tener que encubrir. Por el contrario, habrá que manifestar esa divinidad que se esclarece en apetencias, creencias, remordimientos, descargos y hasta malquerencias. El poema XLI reconoce así su fracaso amoroso, que no le afrenta sino que le enaltece. El “yo” no puede dejarse “dominar” porque amor no puede ser renunciar a su divinidad, a su naturaleza sobrehumana. En todas las Rimas el único amor cierto es el amor a uno mismo. E indudablemente esa es la característica del “ennui” que nació en la obra de Chateaubriand. No puede haber melancolía si no reconoce equivocaciones en su trato con el mundo, el NO YO. Pero, si falta propósito de enmienda, ¿por qué no estar triste de que el mundo no se pliegue a mis deseos? 

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    La voluntad de gloria.

    Con frecuencia recurrente, Las Rimas abundan en el tema de la muerte. El escritor romántico, que se supone casi un dios, busca a través de su obra, que es la manifestación de esa divinidad, perduración e inmortalidad. En vida le parecerá un escándalo que su obra sea incomprendida, y habrá de refugiarse en el desdén para superar el fracaso porque sólo echando la culpa a los otros sobrellevará el desengaño. Como Bécquer es un rezagado dentro del Romanticismo, sufre los mismos inconvenientes que, por el cambio de gusto de época: el Realismo, padecen los poetas impresionistas franceses. Y entre ellos Rimbaud. Así que pudieran servir en la manifestación del ansia de gloria becqueriana la anécdota del “enfant terrible” francés:

    Cuando su poesía y su persona fueron rechazados por los círculos de letras de París, Rimbaud no hizo nada para congraciarse, sino que ponía todo lo que estaba de su parte para hacerse desagradable. Una noche, en una cena literaria se comportó de manera vergonzosa y nunca más volvió a ser invitado. Rimbaud, bastante borracho, marcaba el final de cada verso que era recitado con la palabra merde, pronunciada con voz clara y fuerte.

    En la Rima LX el autor culpa a un genio maléfico del daño que sufre en el mundo. Pero sin duda la culpa de sus quebrantos puede encontrarse en su falta de adecuación entre recursos y objetivos o, sensu contrario, a la esperable relación causa – efecto según sea el caso que tratemos.

    A la edad de diecisiete años dejó la buena posición con su madrina para viajar a Madrid

    No era fácil subsistir de la literatura.

    Llevó una vida bohemia

    cae el poeta gravemente enfermo

    En 1857 emprende una obra importante, la Historia de los Templos de España.

    El proyecto, inacabado.

    Para todos era evidente su inclinación hacia Julia.

    Julia no le consideraba un partido adecuado, y le disgustaba el ambiente bohemio y poco limpio que le rodeaba.

    Si bien al ansia de gloria del romántico busca gratificación en este mundo, no deja de pensar en la póstuma como válida. Cualquier romántico prefiere la gloria a la seguridad de comer tres días seguidos, y en Bécquer esa proposición es bien cierta.

     

    - XXXVII -

    (...)

    Antes que tú me moriré, y mi espíritu,

    en su empeño tenaz,

    sentándose a las puertas de la muerte,

    allí te esperará.

    Con las horas los días, con los días

    los años volarán,

    y a aquella puerta llamarás al cabo...

    ¿Quién deja de llamar?

    (...)

    allí, donde el murmullo de la vida

    temblando a morir va

    como la ola que a la playa viene

    silenciosa a expirar;

    allí, donde el sepulcro que se cierra

    abre una eternidad...

     ¡todo cuanto los dos hemos callado

    lo tenemos que hablar!

     

    LXXII  SEGUNDA VOZ

    Aura de aplausos, nube radiosa,  

    ola de envidia que besa el pie,   

    isla de sueños, donde reposa  

    el alma ansiosa,   

    dulce embriaguez   

    la Gloria es.

     

     LX -

    Mi vida es un erial:

    flor que toco se deshoja;

    que en mi camino fatal,

    alguien va sembrando el mal

    para que yo lo recoja.

    - LXIX -

    Al brillar un relámpago nacemos

    y aun dura su fulgor cuando morimos:

    ¡tan corto es el vivir!

    La gloria y el amor tras que corremos

    sombras de un sueño son que perseguimos:

    ¡despertar es morir!

     

    La religiosidad y las creencias cristianas son también un denominador común en el movimiento romántico y el alemán Novalis o el francés Chateaubriand, el inglés Scott o el italiano Manzzoni fueron ejemplo para un romántico tardío como Bécquer. En él se puede encontrar fe en otra vida que, como en la Rima XXXVII, puede servir de enlace para proseguir lo aquí truncado, o bien preludio para iniciar algo diferente, como muestra la rima LXIX, que alude a la metáfora vida – sueño inventada por Manrique y hecha célebre por Calderón.

    La primera manifiesta optimismo propio de la fase de amor platónico que tiene en la muerte un accidente y en la eternidad la posibilidad de gozar la perfección que, en esta vida mortal, no tuvo. Y, como en todos los temas que venimos tratando, a esa declaración positiva la contrasta otra (en nuestro ejemplo la rima LXIX), que sin negar “despertar” tras la muerte, supone que la vida y sus ilusiones son un breve ensueño al que la muerte pondrá fin. Y esas ilusiones son dos: el amor y la gloria. Llamándolas “sombras”, condena su sed de gloria al ámbito del mundo de las cosas platónico, pero sin ambición de Absoluto.

    Conciencia de soledad y angustia metafísica.

    Aunque pudiera parecer que en este capítulo la dialéctica ennoblecedora / degradante que venimos aplicando en virtud de la visión positiva o negativa que del arte, el amor, la mujer, la gloria muestran las Rimas; lo cierto es que la conciencia de soledad es una idiosincrasia que los románticos buscaron, cultivaron y exaltaron. Su lado negativo tendría en la angustia la consecuencia extrema de ese sentimiento.

    La conciencia de la propia personalidad, de ser distinto de los demás, es aguda y dolorosa. A pesar de todo se la desea como reflejo de un sentimiento de superioridad, pues su desgracia o infelicidad es mayor que las de nadie. La melancolía romántica, pone en juego la imaginación. La imaginación del pasado -nostálgica- o la de un futuro que es huida de la dureza de lo real hacia mí mismo. Aparece así el yo particular en forma de tragedia interior y en forma de percepción pura del tiempo.

    La angustia metafísica nace de esa conciencia del yo que, al haber perdido la confianza en la razón, siente la vida como un problema insoluble. Como su instinto le denuncia la existencia de fuerzas sobrenaturales que escapan a todo conocimiento racional, una invencible angustia sobrecoge su ánimo. Se sabe víctima de un ciego Destino sin justificación lógica; de ahí su inquietud febril y la búsqueda constante de respuestas y soluciones a las dudas y problemas que se plantean.

     

    - LVI -

    Hoy como ayer, mañana como hoy,

    ¡y siempre igual!

    Un cielo gris, un horizonte eterno

    y andar... andar.

    Moviéndose a compás, como una estúpida

    máquina, el corazón.

    La torpe inteligencia del cerebro,

    dormida en un rincón.

    El alma, que ambiciona un paraíso,

    buscándole sin fe,

    fatiga sin objeto, ola que rueda

    ignorando por qué.

    Voz que, incesante, con el mismo tono,

    canta el mismo cantar,

    gota de agua monótona que cae

    y cae, sin cesar.

    Así van deslizándose los días,

    unos de otros en pos;

    hoy lo mismo que ayer...; y todos ellos,

    sin gozo ni dolor.

    ¡Ay, a veces me acuerdo suspirando

    del antiguo sufrir!

    Amargo es el dolor, ¡pero siquiera

    padecer es vivir!

    - LI -

    De lo poco de vida que me resta

    diera con gusto los mejores años,

    por saber lo que a otros

    de mí has hablado.

    Y esta vida mortal... y de la eterna

    lo que me toque, si me toca algo,

    por saber lo que a solas

    de mí has pensado.

     

    LXV -

    Llegó la noche y no encontré un asilo;

    ¡y tuve sed!... Mis lágrimas bebí;

    ¡y tuve hambre! ¡Los hinchados ojos

    cerré para dormir!

    ¡Estaba en un desierto! Aunque a mi oído

    de las turbas llegaba el ronco hervir,

    yo era huérfano y pobre... ¡El mundo estaba

    desierto... para mí!

    Podría parecer poco característica de la complacencia romántica en la huida hacia el pasado y hacia “sí mismo” la rima LI, pero tan solo quien puede perder el tiempo en lucubrar  no sólo qué habrán dicho de mí, sino qué habrá pensado pierde el tiempo de forma irrecuperable. Muestra el poema su narcisismo, su conciencia de saberse raro y su falta de proyecto vital. El poeta se gusta y a la vez se sabe socialmente incorrecto, sabe que está “perdiendo su vida”, pero no tiene propósito de enmienda.

    Tiene otro significado la rima LXV. La conciencia de soledad deviene de los posesivos “mis lágrimas, mi oído”; de los pronombres de primera persona “yo, mí”. Su gusto y complacencia de la contraposición a las palabras negativas “turbas, ronco” con que se alude a los otros. Pero el poema no nace de un irrealizable deseo, la inspiración tiene origen en las experiencias vividas que, por lo dolorosas y reales, merecen todo respeto. Bécquer ciertamente fue fiel a su vocación y creencias hasta la inmolación.

    La rima LVI puede servir de ejemplo a la que llamamos “angustia metafísica”. El dolor, es deseado porque, entre la pereza y la soledad, en la monotonía vital surgen dudas sobre el sentido de la vida. En cualquier peligro que se esté, en cualquier agobio que se sufra, todas las energías están movilizadas para vencer la adversidad. En el aburrimiento que muestra la soledad de este poema no hay más que vacío, y el ser huye del vacío.

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    Ironía y sarcasmo.

    En la mayoría de los apartados precedentes encontramos, como característica de las Rimas, un tono irónico con que el poeta afronta las desilusiones vitales. Cuando la realidad le defrauda, se refugia en burla contra todo, incluido él mismo, que le consiente distanciarse de lo que molesta y hiere. Mediante la ironía, con su juego de seriedad y broma, de verdad y mentira, de unión momentánea de contrarios, el artista refleja la naturaleza múltiple y contradictoria de la realidad. Y, al hacerlo, el artista se convierte automáticamente en juez y señor de esa materia, de la realidad. Su yo se sitúa en el centro del proceso artístico. Pero esa lucidez que el artista ejerce sobre sí mismo se aplica asimismo al no-yo, a la materia recreable. Precedente romántico que uso con prodigalidad de la ironía fue Larra, pero en lírica parece empeño más difícil.

    Un modesto trabajo de Gustavo Adolfo Bécquer: «La ridiculez» [Gaceta Literaria, 14 marzo 1863]. califica la ridiculez con una serie de notas que fueron aplicadas a la ironía romántica por adversarios y amigos: es «una cosa horrible que hace reír. Es algo que mata y regocija... Es Mefistófeles, con peor intención y menos profundidad, que se burla de todo lo santo... Es un monstruo que nos tiene tendida una red inmensa y oculta.» Nadie, dice, conoce su código. Afecta a la literatura, a la vida social, al comportamiento de las personas.

    - LV -

    Entre el discorde estruendo de la orgía

    acarició mi oído,

    como nota de música lejana,

    el eco de un suspiro.

    El eco de un suspiro que conozco,

    formado de un aliento que he bebido,

    perfume de una flor, que oculta crece

    en un claustro sombrío.

    Mi adorada de un día, cariñosa,

    -¿en qué piensas? -me dijo.

     -En nada... -¿En nada y lloras? -Es que tengo

    alegre la tristeza y triste el vino.